Aunque a todo el mundo no le sirve, hablo siempre del escribir, como vía de escape a sentimientos del duelo. Así mismo creo que, leer la crudeza con la que Piedad Bonnet cuenta el suicidio de su hijo, puede ser increíblemente validante para quien sufre una pérdida de esta desgarradora forma.
“Años más tarde, cuando parece definitivamente confirmado que lo suyo es un trastorno esquizo-afectivo, me atrevo a ser clara con Daniel sobre lo que ningún médico quiere llamar por su nombre frente a él.
Me pregunta, con los ojos muy abiertos, si eso es para siempre. Y yo, tragándome las lágrimas, le contesto:
—Sí, Dani, para siempre”.
La escritora afronta con honestidad, no solo el estigma de la enfermedad mental, sino también, búsqueda de respuestas como madre, ¿Por qué a mi hijo? ¿Qué es eso que siente que nadie puede ayudarlo? ¿Por qué tantas dudas sobre su propio talento?¿En que terapia confiar si ninguna la quisiera para mi?
Conocido el final de la historia de Daniel, el libro va desgranando episodios contados, enganchándote con las emociones, reflexiones e indagaciones de su madre, en un presente ya de duelo: la incomprensión, la rabia, la culpa e incluso el asombro ante la ineptitud de la sociedad para nombrar el motivo de la muerte, son parte de su desahogo.
Habla de un duelo complejo, tanto como lo son los suicidios. Habla del sufrimiento de un hijo y del desaliento de una madre, habla de lágrimas sin venir a cuento, habla de sueños y abismos, habla de confusión, habla… porque las palabras cada vez distintas, […] “no petrifican, no hacen las veces de tumba”